PRIVILEGIO Y CONTEXTO: UNA MIRADA GESTÁLTICA
NO TODAS LAS PERSONAS PARTEN DEL MISMO LUGAR.
En muchos espacios terapéuticos solemos comenzar poniendo el foco en lo interno: las heridas propias, los introyectos, los patrones repetitivos, la historia personal, las emociones no expresadas, el cuerpo que guarda memorias… ¡y todo esto es esencial!
No obstante, a menudo no se tienen suficientemente en cuenta las condiciones del campo, es decir, del contexto vital, en el que esta persona vive: su realidad material, social, vincular y estructural. Y esto no es un matiz anecdótico: es el fondo desde el cual todo se configura y que condiciona profundamente el modo en que la persona se mueve en el mundo. El potencial de una persona se despliega en la relación entre su mundo interno y el entorno que la sostiene o limita, abriendo así un camino posible para su desarrollo y transformación.
En Espaipertu Institut, sostenemos una mirada integradora que considera el campo no solo como una metáfora relacional, sino como una red concreta de condiciones que atraviesan, limitan o amplían la vida de cada persona.
El contexto no es neutro: género, etnia, clase, cuerpo, red.
No todas las personas parten del mismo lugar.
No todas han sido vistas, reconocidas, apoyadas o sostenidas de la misma forma.
No todas tienen acceso a los mismos recursos.
Las opresiones estructurales (género, clase social, etnia, corporalidad, orientación sexual, salud mental, discapacidad, situación migratoria, etc.) se entrelazan de manera que condicionan profundamente la experiencia de vida. La suma de opresiones se encuadra dentro del concepto de interseccionalidad, que es clave para comprender cómo las dinámicas de poder (como el racismo, el machismo, el capacitismo, la LGTBIQ+fobia, la heteronormatividad, la presión estética sobre los cuerpos, especialmente los feminizados, o las desigualdades de clase que impone el sistema económico, etc.) operan sobre las relaciones humanas y los derechos. De este modo, podemos empezar a reconocer que lo que a veces interpretamos como “bloqueos personales” o “resistencias internas”, no siempre tienen su origen únicamente en el mundo intrapsíquico. A menudo están profundamente atravesados por condiciones sociales, económicas o culturales que limitan las opciones reales de la persona. Reconocer esto nos permite acompañar sin forzar, con empatía y respeto por el ritmo y la realidad de cada proceso.
La trampa de pensar que “quien no actúa, es porque no quiere”
A veces caemos, aunque sin querer, en la trampa de pensar que quien no actúa es porque no quiere. Desde un enfoque idealizado, llegamos a creer que “si quiere, puede», o que solo hace falta tomar conciencia para cambiar.
Pero eso es una simplificación que puede hacer daño. Porque no siempre el obstáculo es la falta de voluntad o el miedo al cambio. A veces es el entorno mismo el que asfixia, inmoviliza o anula.
Dos mujeres, dos historias, dos mundos
Lucía tiene 35 años. Dos hijos. Una pareja que la hace sufrir. Dice sentirse atrapada. Con el tiempo nombra que tiene varios apoyos: padres presentes, amigas cercanas, estabilidad económica… y posibilidad real de moverse. Tiene red. Tiene margen.
Marisol, en cambio, tiene 40. También, dos hijos. Una pareja violenta. Pero no tiene a quién acudir. Trabaja jornadas largas. No tiene red, ni espacio, ni recursos. Dice que no puede dejarlo. Y tiene razón. En su caso, no es solo miedo: es supervivencia. Y actuar sin sostén puede desorganizar, o incluso poner en riesgo su integridad.
¿Podemos acompañarlas igual?
¿Qué recursos están disponibles, dentro y fuera, para que pueda hacer un primer paso posible y no desbordante?
¿Estamos teniendo en cuenta el contexto real desde el que esa persona se mueve, o miramos sólo desde lo que creemos que debería poder hacer?
No. Porque no parten del mismo lugar. Porque el campo no es neutro, y acompañar sin tener esto en cuenta es correr el riesgo de invisibilizar las condiciones que sostienen o limitan las posibilidades de cambio. Es reducir el proceso de acompañamiento a un ejercicio de voluntad.
El malestar interno también tiene raíces sociales
Ansiedad, culpa, desconexión, autoexigencia, agotamiento crónico…
Muchos de los síntomas que vemos en consulta no son únicamente intrapsíquicos. Son el resultado de años de adaptación a mandatos de género, normas sociales opresivas, invisibilización de necesidades, y exigencias estructurales que castigan la vulnerabilidad y premian la desconexión.
Además, la precariedad sostenida, la ausencia de red o las situaciones prolongadas de violencia o manipulación no solo generan malestar, sino que pueden derivar en trauma relacional o trauma del desarrollo.
Estos traumas no siempre se expresan como recuerdos concretos, pero sí impactan de forma profunda en la capacidad de acción, decisión y vinculación.
Son vivencias que marcan el cuerpo, el sistema nervioso y la percepción del mundo, creando una sensación crónica de inseguridad o impotencia.
Ver el síntoma solo desde la biografía individual, sin nombrar los condicionamientos culturales que lo refuerzan, es invisibilizar parte de la verdad de quien consulta.
La terapia no es un refugio para victimizarse, sino un lugar donde mirar la verdad con acompañamiento.
Acompañar con perspectiva interseccional no significa justificar la inacción ni alimentar la pasividad. Significa ajustar la acción al lugar real en el que esa persona está, sin idealizar ni exigir desde modelos abstractos.
Responsabilizar no es empujar sin medida, sino sostener procesos con humanidad y consciencia.
Es acompañar desde lo que hay.
Desde el movimiento posible.
Desde el gesto más pequeño que pueda sostener la persona sin romperse.
El rol como terapeuta: afinar la escucha al campo completo
El trabajo como terapeuta no es decirle a nadie por dónde ir.
Tampoco es suponer que “ya debería haber hecho tal cosa”.
Es acompañar con humildad, con presencia, con conciencia. Es saber diferenciar cuándo una persona necesita impulso… y cuándo necesita simplemente ser sostenida en lo que hay.
Es preguntarse:
- ¿Cuánto margen real tiene esta persona?
- ¿Qué red la sostiene, si es que hay alguna?
- ¿Cuánta energía le queda al final del día?
- ¿Cuánto dolor ha tenido que silenciar para sobrevivir?
También implica revisar nuestra propia mirada terapéutica.
Porque incluso con la mejor intención, podemos caer en sesgos clínicos: exigir autonomía sin sostén, leer resistencia donde hay trauma, o asumir que el mapa de la otra se parece al nuestro.
La conciencia de la persona terapeuta no se trata de saber más, sino de mirar con más humildad, saliendo de su propio mundo para poder entrar, con respeto, en el mundo del otro.
De acompañar sin imponer.
Una invitación a mirar más allá del síntoma
Incluye el cuerpo.
Incluye la historia.
Incluye la energía.
Y también incluye el contexto concreto actual y social.
Porque el crecimiento no ocurre en el vacío.
Ocurre en un cuerpo atravesado por memorias, en una biografía tejida por vínculos, y en un mundo que condiciona, para bien o para mal, nuestras posibilidades de ser, sentir y hacer.
La terapia como espacio de respeto y de integración
La terapia es un espacio de respeto que incluye todo lo que una persona es.
Y todo lo que una persona vive.
Cerramos con una pregunta abierta:
¿Qué necesita esta persona, aquí y ahora, para sostenerse, dar un paso posible y recuperar su dirección?
Acompañar con conciencia del contexto no es una teoría ni una moda; es mirar con más humildad, más respeto y más verdad.
Es salir de la idealización para encontrarnos con lo real.
Solo así, la terapia se convierte en un espacio verdaderamente transformador.
Si te ha gustado este texto puedes compartirlo o comentarlo, te agradeceremos que indiques la autoría, ya que hay un tiempo y una energía propia en él. Gracias !
Seguimos…
Equipo Espaipertu Institut
«PRIVILEGIO Y CONTEXTO: UNA MIRADA GESTÁLTICA» © 2026 por Equipo Espaipertu Institut tiene licencia CC BY-NC-ND 4.0

